En Guatemala aún hay quienes creen —o fingen creer— que el poder solo se ejerce desde el Ejecutivo o el Legislativo. Esa visión es, cuando menos, ingenua. Una porción decisiva del poder nacional se construye desde el Tribunal Supremo Electoral, y ese poder no empieza con una sentencia: empieza mucho antes, con el voto de los abogados para elegir a los próximos magistrados.

Nosotros, quienes ejercemos el derecho, no votamos simplemente por una planilla. Votamos por el país que queremos preservar o entregar a las próximas generaciones. Votamos por la independencia del TSE o por su captura definitiva. Votamos por la institucionalidad republicana o por su degradación acelerada e irreversible.

La historia reciente de América Latina nos grita la lección con crudeza: los procesos de radicalización ideológica y autoritarismo no llegan a cañonazos; se instalan silenciosamente a través de los órganos electorales y de justicia. Se normalizan discursos que relativizan la ley, se politiza la niñez, se instrumentalizan causas supuestamente “progresistas” para erosionar pilares esenciales: la familia, la soberanía nacional y la libertad individual.

Venezuela no se derrumbó de la noche a la mañana. Cayó cuando jueces, abogados y profesionales del derecho bajaron la guardia, convencidos de que su voto era insignificante o de que “no era el momento” de confrontar. Ese momento, compañeros, es ahora.

Esta elección del 13 de enero no es un trámite técnico ni administrativo. Es un acto profundamente ético y político, aunque algunos intenten disfrazarlo de rutina gremial. Existen proyectos que buscan convertir al Tribunal Supremo Electoral en una extensión del poder ideológico dominante. Y existen otros que, a pesar del alto costo personal, tienen la valentía de intentar contener esa deriva destructiva.

Como abogado y como ciudadano, no puedo ni quiero ser neutral ante esta encrucijada histórica.

Por eso lo digo con claridad y sin ambages:

Debemos votar por la planilla 5. Es la opción que representa una muralla de contención frente a la captura institucional.

Votar por la planilla 4 es abrirle la puerta de par en par a la perdición de Guatemala. Es entregar el último bastión de resistencia a quienes ya han demostrado —en otros países y en el nuestro— su vocación de control total sobre la justicia y las elecciones.

No hay término medio. No hay excusas históricas que nos absuelvan de la indiferencia. No hay “voto técnico” que nos libere de la responsabilidad moral. Lo que está en juego el 13 de enero no es una elección interna del gremio: es la capacidad misma del país para sostener un Estado de Derecho frente a fuerzas que ya han probado, sobradamente, su naturaleza destructiva.

Ese día no se vota solo con la mano. Se vota con la conciencia. Y la conciencia, en tiempos como estos, también es una forma suprema de coraje.

El futuro de Guatemala pasa por nuestras urnas. Que nuestra decisión sea digna de ese peso.

¡Votemos planilla 5 el 13 de enero! Por Guatemala. Por la justicia. Por la libertad.



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